domingo 6 de diciembre de 2009

Ayuda en Acción Fuenlabrada- DKV Joventut: Respeto y Compañerismo

Por Jorge

Esta mañana durante el partido de
ACB Ayuda en Acción Fuenlabrada- DKV Joventut al margen de los detalles deportivos de rigor se han apreciado algunos comportamientos dignos de ser comentados.

Batista intentando taponar a Tucker. (foto: acb.com)

El equipo fuenlabreño ha recibido un varapalo muy duro en su cancha del Fernando Martín, pero lo peor no ha sido el repaso deportivo que le ha dado el Joventut, sino la pésima imagen que ha dado alguno de sus jugadores, en particular Esteban Batista.

Quizás la ínfulas de estrella que le ha dado el inicio de temporada, acrecentadas por el “dorar de píldora” generalizado por parte de los medios de comunicación, han influido en que no le haya gustado que su entrenador le llamara al orden durante el juego, y lejos de aceptar con humildad y compañerismo las reprimendas de Luís Guill, se ha permitido el lujo de hacerle frente durante un tiempo muerto con las cámaras y los micrófonos de Telemadrid por testigos.

Como entrenador de categorías de formación preocupado por el comportamiento deportivo de los jóvenes así como por intentar inculcar valores a través del baloncesto, agradezco la oportunidad que el jugador del Fuenlabrada nos ha brindado, pues ha sido un excelente ejemplo tanto para entrenadores como jugadores, de lo que no debe ser un comportamiento adecuado en una pista, ni fuera por supuesto. La falta de respeto hacia su entrenador (¿acaso cree que las broncas se dan por gusto?), su ausencia de compañerismo (su discusión demuestra muy poca concentración) dentro de un deporte que no olvidemos que es de equipo, que luego se ha traducido en una sucesión de errores fruto de la salida mental del juego (8 balones perdidos) por parte del jugador, y que ha culminado con una falta antideportiva sin sentido en los últimos segundos de partido.

Todo lo anterior quizás explique el porqué un jugador de estas características no siguió en su momento en la NBA, en el Maccabi, o incluso no tenía un destino más acorde con su supuesta condición de estrella antes de recalar en un equipo modesto como Fuenlabrada. Ojo, que no dudo de su buen nivel, pero quizás y es verdad que por estos acontecimientos, unido a la racha de derrotas de su equipo, parezco ventajista, pero compararle como se hizo en algún medio con Felipe Reyes (al que también hay que reconocer que a veces se le va la pinza, aunque algo menos últimamente) no sea realista. Sea como fuere, también habrá que decir que si bien considero que antes no era una superestrella, ahora por esto tampoco se le puede demonizar… si es capaz de asumir sus errores y aprender de ellos para ayudar a su equipo.

Gerald Fitch, jugador también destacado al inicio de la temporada (venido a menos sobre todo por lesión), y del que se podría considerar una relativa actitud egoísta debido a su condición de anotador compulsivo, también ha dado otra lección demostrando la cara opuesta. Según han captado las cámaras, en el momento en el que Guil, en pleno tiempo muerto, echaba el rapapolvo merecido a Esteban Batista, se ha dedicado a “comerle la oreja” al uruguayo, y si bien no sabemos que le habrá dicho, todo hace pensar que le estaba aleccionando para que se mantuviera en el partido y pensara en el equipo. Es decir, el comportamiento de compañerismo que debe regir en un equipo.

Por último, otro detalle de compañerismo muy bonito y aleccionador se ha producido cuando al acabar el partido, en el tradicional apretón de manos entre los entrenadores rivales, Sito Alonso se ha quedado un rato charlando con Luís Guill y por los gestos, parecía decirle aquello de tranquilo y a seguir trabajando que todos hemos pasado por partidos como éste en el que te cae una manta de puntos, no te sale nada y se ve todo negro. Nadie como un compañero de gremio para recibir un poco de ánimo que nunca viene mal, y más ahora que por Fuenlabrada pintan bastos.

El deporte suele ser reflejo de lo mejor y lo peor de la sociedad, y a través de algunos comportamientos, se ha podido apreciar en el partido de esta mañana. Ahora nos toca al resto aprender de esta lección.

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miércoles 2 de diciembre de 2009

Leyenda y Palabras de Bill Russell

Por Jorge

Lebron James, en un gesto que le honra pero que quizás fue a destiempo y más por el afán de protagonismo que otra cosa, ha dicho recientemente que se debería retirar el número 23 de todos los equipos de la NBA (
Miami ya cumplió con ese honor), en homenaje a Michael Jordan.

Mítica camiseta de los Celtics con el 6 de Bill Russell. (foto: nbastore.com)

El gran Michael, como hombre respetuoso con las leyendas de nuestro deporte, y de las que también aprendió en su momento, dijo que eso no sería acertado pues otros muchos que le precedieron merecerían tal honor, y citó a “Magic” Johnson, Larry Bird, y Bill Russell, aunque seguro que se podía haber acordado de otros muchos.

Bien es sabido que a la velocidad que circulan las noticias, y teniendo en cuenta que cada vez con mayor rapidez el pasado más reciente se convierte en “prehistoria”, difícil es recordar y tratar con el respeto que merecen a algunas de las leyendas iniciales del baloncesto.

Bill Russell no suele ser nombrado o asociado con facilidad, sobre todo entre los jóvenes aficionados, con la grandeza de nuestro juego más unida a nombres como los del propio Jordan, Magic, Bird, Doctor J… Por eso quiero aprovechar este espacio para glosar brevemente y rendir un merecido homenaje a éste mítico jugador de los Boston Celtics.

Los anillos de Bill.

¿Quién no ha visto la fotografía de Bill Russell con sus 11 anillos de campeón de la NBA (los dos últimos como entrenador-jugador)? Es verdad que era otra época, que el dominio de los Celtics era avasallador, pero el mérito de esa hazaña deportiva (11 títulos en 13 temporadas) evitaría cualquier comentario acerca de la excelencia deportiva del bueno de Bill, y a la que se podría añadir un par de títulos de la NCAA jugando para la Universidad de San Francisco, o la medalla de oro olímpica conseguida en los Juegos Olímpicos de Melbourne en 1956.

También se podrían añadir premios individuales como sus 5 MVP´s de temporada regular o sus records estadísticos sobre todo en el apartado reboteador. Sus tapones no están contabilizados porque en su época no se recogía esa estadística, pero en el siguiente video se aprecian sus habilidades y enseñanzas en el apartado defensivo del que fue un maestro:


Desde la temporada 2008-2009, la NBA que suele cuidar muy bien todos estos detalles, agasajó a la leyenda de los Celtics dando su nombre al premio al jugador más valioso de las finales, y así hizo entrega del mismo a Kobe Bryant en las pasadas finales.

Los cereales también se acuerdan de homenajear a Russell.

Cuestiones deportivas aparte, la figura de Russell, un deportista de élite y de éxito en su momento, contrastan con la segregación racial que se vivía en sus inicios deportivos en Estados Unidos, y teniendo además en cuenta las vicisitudes de su vida familiar me pregunto como es posible que todavía no se haya realizado una película o documental que recoja sus vivencias deportivas y humanas. No tengo ninguna duda de que su creación y difusión añadiría un nuevo éxito a la brillante carrera de Russell, y de ese modo, todos los jóvenes aficionados podrían conocer mejor la carrera de este legendario deportista.

Méritos al margen, siempre es una delicia escuchar sus palabras o leer sus declaraciones en la prensa escrita, porque suelen ir acompañadas de ese halo de sabiduría propio de aquellas personas mayores de experiencia muy dilatada y que bien pueden servir para guiar a los inexpertos jóvenes. Así en una reciente
entrevista en “Marca” decía acerca de los fundamentos del baloncesto: “Hay muchos niños que tratan de hacer un mate antes de aprender a tirar o a botar. El proceso natural de un jugador debe ser el de aprender los fundamentos necesarios como para poder defenderse dentro de una cancha en igualdad de condiciones con otros rivales —tiro, bote, pase...—. Si esa progresión continúa, entonces será un jugador de elite y se incorporarán nuevas cualidades, y si mejora más, estará entre las estrellas. Pero muchas veces se quiere dar el segundo paso antes del primero, es decir, jugar a alto nivel sin cimentar el juego con los fundamentos.”

Tapón de Russell al gran Chamberlain.

En otra entrevista publicada por “El Pais” hizo alusión a su juventud marcada por la segregación racial “donde la mayoría de la sociedad, constantemente, intentaba que nos sintiéramos inferiores” y alabo la figura de su madre, que le convirtió en el luchador que pudo luego superar todo tipo de adversidades personales y deportivas, cuando le decía que “no hay nadie en este planeta mejor que tú, pero tampoco tú eres mejor que nadie".

A palabras como las anteriores habría que añadir
los elogios que derrocha con los jóvenes jugadores de la actualidad, “Pau es uno de los mejores pívots de la Liga y un jugador que no deja de progresar. Una persona además muy cercana”, pues lejos de “sacar pecho” por su palmarés difícilmente igualable, son habituales sus buenas palabras y consejos: “Mi objetivo es ayudar a que los jóvenes sean mejores jugadores en el futuro, que acaben amando el baloncesto como a mí me ocurrió.”

Y sigo preguntándome: ¿quién no se pararía a escuchar a un tipo como Bill Russell? Aquí tenemos otro ejemplo de sus reflexiones:

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jueves 19 de noviembre de 2009

Los del setenta y seis derrotan en los segundos finales a los gatos salvajes

Por el enviado especial, Fran Carrillo*

El creador y cabeza pensante de este blog me tiene frito desde hace meses: “cuando vayas a ver un partido de la NBA me haces una crónica”, frase que se suele acompañar de esta otra: “parece mentira que en cinco años en Filadelfia no hayas podido ir a ver a los Sixers”, mientras niega con la cabeza, indignado ante mi desasistencia. Pues ayer fui, Jorge, y esta es la crónica autobiográfica adeudada.

Entrada al Wachovia Center.

El partido es a las 7.00 pm, así que quedo con Noble en su casa a las 6.15 pm para ir desde allí juntos a la cancha. Él vive en Carpenter y la 10th, a unos diez minutos en bici del Wachovia. Al llegar me abre la puerta con su traje de guerra, una camiseta de algún antecedente de los Grizzlies, en la que pone “Memphis” en grande y, detrás, su apellido: “Novitzki”, como el alemán, pero con “i” latina.

Vamos con la hora justa, así que montamos en nuestras máquinas a pedal y bajamos por todo South Philly, a través de esas manzanas monocordes y algo sombrías, como si aún no hubieran salido del hollín de la revolución industrial. Primero a la altura de Pats y del barrio italiano de Rocky Balboa y los padres de Los Soprano, luego a la de Wolf St, Mifflin St o Reed St, en que se suceden los pequeños bares irlandeses y los tréboles en las ventanas de las destartaladas casas.

En el límite de South Philly la 10th St, por la que seguimos bajando, se convierte en una carretera de varios carriles sobre la que se alzan, en un enorme complejo deportivo, primero el Citizens Park de los Phillies (Béisbol), con el regusto clásico que le dan los ladrillos, luego el Lincoln Financial de los Eagles (fútbol americano), que parece sacado de alguna secuela de Terminator, y por último el Wachovia Center de los 76ers, compartido con los Flyers (Hockey), justo enfrente del antiguo Spectrum, al que le quedan pocos días de vida.

Lo de ir en bici, aclaro, resulta una extravagancia absolutamente contraria al rito deportivo americano, demasiado asociado a la Pick up de guerra, la nevera llena de Budweiser y las provisiones interminables de algo grasiento empapado en ketchup. Aunque la ciudad está llena de atenciones para el ciclista, los estadios son un mundo poco friendly para los imitadores de Eddie Mercks (hace sólo un mes la gente se entretenía pitorreándose de nosotros a la salida del estadio de pelota). Pero nada, la vida verde y saludable exige de mártires, así que allí estábamos, preguntando a todo quisqui de nuevo dónde podíamos dejar las bicis, ante la mirada atónita de seguratas y controladores del parking.

Las cheerleaders también comen hotdogs.

La estrategia comercial del Wachovia está clara. Como a dos kilómetros a la redonda no hay edificio, ni bareto, ni chiringuito, ni carrito, ni chino con una socorrida cerveza y un bocata de jamón, te registran a la entrada para que no metas líquidos y te invitan a que uses la tarjeta de crédito en las asequibles franquicias del colesterol que hay dentro. A 8 dólares la cerveza y a 10 dólares el hotdog, de esos pobretones que uno puede hacerse en casa con la oferta de Oscar Mayer. Se aconseja ir comido y con el puntillo alegre de casa.

En los pasillos del estadio, muy modernos, muy limpios, con luces de centro comercial y sin rastro de olor a réflex, publirelacionistas uniformados te venden de todo, desde tarjetas de crédito (again) a planes telefónicos y hacen promociones de tiendas de ropa, restaurantes o franquicias de la electrónica. Por lo demás no parece que haya demasiada movida, pero es que los Bobcats de Charlotte no inspiran demasiado interés en esta parte del país, además de que tampoco se estilan las pandillas de incondicionales. Aquí el deporte es un espectáculo familiar, como ir a ver a Teresa Rabal.

La cancha impresiona. Accedemos por una bocana a la zona noble de las gradas, la de 75 dólares por barba, y entramos en esa lisérgica dimensión del entertainment… juegos de luces que se acompasan con el rap que suena a toda pastilla, el diseño de los trajes de calentamiento de los jugadores, los colores de la pista, la verticalidad de las gradas y el cálido ambientillo prepartido te meten un buen rollo en el cuerpo instantáneo. Primer pensamiento: “aquí pasan cosas” y segundo, “joder, qué grandes son estos tíos”. Esa sensación no me abandona cada vez que estoy cerca de jugadores de basket profesional, cuyos físicos parecen de otro planeta; imposible disputarles una bola sin ser aplastado como una hormiga. Pero viene Danny, eso pone en su chapa, y me saca de la ensoñación: que le enseñemos los tickets, así que nos obliga a confesar que no, que nosotros somos de los del gallinero.

Pregame.

Pues desde arriba no se ve tan mal. Ahí está la niña repelente que canta el “José can you see” (hay que levantarse), y luego, Iguodala, Louuuuu, Elton Brand, ahí cerquita, más o menos, corre que te corre, a vueltas con las transiciones rápidas contra unos incómodos gatos pardos de Charlotte que no dan su brazo a torcer. El juego transcurre rápido, lo propio de dos equipos jóvenes y nerviosos, aunque de fundamentos no andan mal, todo muy aseadito, buen juego colectivo y algunas buenas jugadas de Iguodala, que es el que parte el bacalao, con permiso de Brand. Conviene anotar, sin embargo, que el baloncesto es una cosa más de las muchas que ocurren en las tres horas que dura el partido. El marcador electrónico, devenido en macropantalla cuadridimensional en el centro de la pista, se encarga de convertir el partido en un espectáculo audiovisual donde parecería que esos diez tíos botando una pelota son el mero complemento a los sofisticados juegos de luces y sonido, bromas visuales en plan el día después, espectaculares imágenes a tiempo real de los jugadores o la animación en los tiempos muertos que transcurren por esa bola mágica que ríete tu de la de Gandalf.

Big brother.

Uno de los ganchos de más éxito es que la pantallita propone un juego a los espectadores: darse besos, tocar la guitarra o los bongós, bailar tecno, hacer el robot… y la gente se levanta de los asientos y comienza a ejecutar la chorrada mientras los más graciosos aparecen en primer plano sin ninguna vergüenza. Se lleva la palma un negro inmenso, como de 200 arrobas entregadas a cada performance, que obligan al realizador a hacerle chupar cámara sin parar. Hasta los jugadores, en pleno tiempo muerto, se mean de la risa y señalan al gran hermano que tienen sobre sus cabezas.

A todo esto, el partido sigue reñido, con diferencias que no pasan de los seis o siete puntos a favor de los Sixers hasta que, a fata de poco más de dos minutos, los gatos salvajes de Charlotte nos pegan un buen arañazo con un par de triples que les ponen por delante. 1:49 para el final y 3 puntos de diferencia para los forasteros. Llega el momento final y hay que hacer algo de emergencia. Tiempo muerto en la cancha y el cuerpo de animadores en el centro de la pista enarbolando una enorme bandera con el escudo de los 76ers, aquel que defendió Julius Erving. Se acabaron las chorradas, se precisan las armas de destrucción masiva filadelfinas. Silencio en la cancha, la bandera al viento y un video en la macropantalla: aparece Rocky cuidando a Marian, que está malita en la cama. El cuñado masculla algo a sus espaldas, Rocky consuela a Marian (no entiendo un carajo)…. y entonces mira a la cámara… ¡chan, chán! comienza el estruendo de las trompetas, Rocky corre, Rocky suda, Rocky pega, Rocky salta a la comba, Rocky machaca, Rocky hace abdominales y se bebe huevos crudos; surge el coro, siguen las trompetas… la mirada del tigre se extiende por el público que se levanta y grita enfervorecido ¡Todos en pie, el espíritu de Filadelfia sobrevuela la cancha, viva el cheesteak, las cheerleaders bobolonas y la constitución americana!!

En medio del delirio colectivo los jugadores saltan a la cancha y los Bobcats se convierten en gatitos remolones. En 1:49 les pasamos por encima: parcial de 6 a 0 y a otra cosa mariposa. El arma secreta funciona.

Calle otra vez. Pillamos las bicis y vuelta a la urbe de cemento. Enseguida toca meterse en uno de los bares irlandeses y someterse a la dieta local: hamburguesa y cerveza. En la tele aparecen las reacciones postpartido pero nosotros ya estamos a otra cosa. Que si Bush y Obama, que si reforma sanitaria, que si la camarera no está tan mal. Pasado mañana juegan contra los Grizzlies.



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Zigzag

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